Luces cegadoras no me permiten abrir los ojos más allá de sus destellos de colores. Melodías repetitivas chirrían en mis oídos constantemente; me siento acosada.
La gente me golpea en el hombro mientras camino apresuradamente, tratando de escapar de la muchedumbre que ríe alegre, que habla de grandes cenas, de regalos, de vacaciones, de la nieve del frío... No reparan en mi agobio, en mis ganas de salir a un lugar tranquilo.
Por fin, llego a una pequeña plaza solitaria, alumbrada por cuatro tristes farolas que iluminan el gris pavimento solitario. A lo lejos aún llega el murmullo de los villancicos cantados por niños felices con enormes sonrisas.
Me dejo caer de rodillas en el suelo, sintiendo la frialdad del cemento en las palmas de mis manos. Respiro profundamente, me tranquilizo y deseo que todo pase lo más rápido posible. Intento reflexionar en el motivo de toda esta celebración, si realmente todo es tan mágico, si todos somos tan felices, si estas fechas son tan especiales...
No puedo ponerme en pie y comienzo a llorar, notando que las lágrimas ruedan calientes por mis frías mejillas. Quiero que todo termine. De repente, un gatito negro sale de debajo de un coche y se acerca a mí con curiosidad. Alargo mi mano para acariciar su suave cabeza mientras sonrío temblorosamente, pero escapa de mí asustado al aparecer por la esquina tres chicas con matasuegras y trompetillas...
Feliz Navidad...
Catatanemak
Hace 4 años