lunes, 10 de noviembre de 2008

La oscuridad

Se acerca el invierno y con él, el manto de oscuridad y frío que cubrirá el mundo durante algunos meses. A casi nadie le gusta el invierno, ni el frío, ni los tempranos atardeces. ¿Por qué? ¿Tenemos miedo de vernos obligados a refugiarnos en nosotros mismos, en nuestras vidas, en nuestros hogares? ¿Tenemos miedo de no tener nada que hacer fuera y que eso nos fuerce a reflexionar acerca de nuestro interior?
En primavera, en verano, la gente se lanza a las calles. Sale, va a tomar algo, de vacaciones, a la piscina, de excursión, a parques de atracciones... Se divierten, piensan en dónde comerán, en qué harán al día siguiente, en hacerse fotos, en quedar con gente...
Pero llega el otoño y el invierno y la gente se deprime. Parece que hay que quedarse en casa, que ya no podemos entretener a la mente con otras cosas, y a la gente no le gusta darse cuenta de en qué consiste su vida, en lo que tiene a su alrededor. Creo que es una de las razones por las que el invierno no cae bien a casi nadie.

Por suerte, ése no es mi problema. Quizá soy optimista pero adoro el otoño y el invierno. Son períodos de oscuridad, de letargo, de descanso, en los que para mí precisamente la parte buena es que puedes reflexionar. Y si tu vida no te gusta, es el momento de darte cuenta de ello y prepararte para cambiarlo. Es el momento de hacer balance, de desechar lo malo, de acoger lo bueno. ¿Será que la gente no tiene espíritu de lucha, de cambio, de mejora? ¿Será que, una vez más, mi punto de vista es diferente al de la mayoría de las personas?