El roce de sus manos en su cintura y el embriagador olor que desprendía su cuerpo aturdían sus sentidos. Jamás había estado tan cerca de nadie y sentía que ni siquiera tenía la necesidad de respirar mientras él la tuviera entre sus brazos. ¿Qué más podía haber en el mundo que ella necesitara aparte de sus manos, su cuerpo, sus labios, su mirada? Mantenía los ojos entrecerrados, contemplando su piel, respirando imperceptiblemente para escuchar los latidos de su corazón, esperando que él se acercase un poco más.
Notaba su respiración sobre sus labios y su corazón reaccionaba acelerando su ritmo, como apremiándole a que la besara de una vez, impaciente por poder fundirse con él en un abrazo caliente, intenso, palpitante. Sintió el pequeño roce de sus labios como un chispazo que fuese el adelanto a toda una descarga eléctrica. Sus dedos presionaron suavemente su cintura, pulsando resortes que extendieron un ligero temblor en todo su cuerpo y exhaló un suave gemido de súplica.
Por fin, sus labios se posaron sobre los suyos, muy despacio al principio, presionando un poco más cada segundo, hasta que la punta de su lengua se abrió paso dentro de su boca y ella se dejó devorar, absolutamente entregada a él, lánguida entre sus brazos, acariciando sus cabellos... hasta que perdió prácticamente la conciencia de sí misma...
Entonces, súbitamente él desapareció y ella abrió los ojos, desconcertada, aún con su sabor presente en sus labios, observando atónita el espacio vacío que había quedado entre sus brazos, y se dio cuenta de que era inalcanzable, de que nunca podría retenerlo, pero que a pesar de todo, volvería a esperar el momento en que decidiese regresar junto a ella para volver a rendirse ante su presencia.